Un negro musculoso reta a su amante a ver quién aguanta más
—¿Crees que puedes manejar mi culo como yo manejo el tuyo?— le desafió el moreno, arqueando la espalda mientras se agarraba las nalgas con las manos. El otro, con una sonrisa de depredador, se acercó y le dio una palmada seca en el trasero que resonó en toda la habitación. No hubo más palabras: el negro se arrodilló y le bajó los pantalones de un tirón, dejando al descubierto una polla gruesa y palpitante que ya goteaba. Sin perder tiempo, se la metió entera en la boca, chupando con fuerza mientras el otro gemía y le agarraba el pelo. El moreno no se quedó atrás: le dio la vuelta, lo empujó contra la pared y le separó las piernas con una patada. Con un gruñido, le hundió los dedos en el culo, lubricándolo bien antes de clavársela de una estocada. El otro gritó, pero no de dolor, sino de placer, mientras el negro lo empotraba contra la pared, cada embestida más fuerte que la anterior. El sonido de la carne chocando llenaba el aire, mezclado con los gemidos ahogados y los jadeos entrecortados. El moreno le mordió el hombro mientras le agarraba las caderas con fuerza, clavándosela hasta que las pelotas chocaban contra su piel. El otro, ya sin aliento, solo podía gemir y pedir más, pero el negro no se detuvo: lo levantó en peso, lo llevó hasta la cama y lo tiró boca abajo, abriéndole las piernas para seguir follándolo sin piedad. El sudor les resbalaba por la espalda mientras el ritmo se volvía frenético, hasta que el moreno, con un grito gutural, se corrió dentro de él, llenándolo entero. El otro, aún temblando, se volvió para mirarlo, con una sonrisa de satisfacción en los labios.