Vicki Verona se monta al chofer negro Moe Strokes y termina tragando su leche
Nunca pensé que el chofer de Uber que me llevó a casa terminaría siendo el tipo más dotado que he probado. Moe Strokes, alto, negro y con una polla que parecía no terminar, me miraba por el retrovisor como si supiera exactamente lo que estaba pasando por mi cabeza. Cuando llegó al edificio, me invitó a tomar algo «para charlar», y yo, que ya estaba mojando las bragas, acepté en segundos. Subimos a su departamento y al verme entrar, su mirada se volvió depredadora. Me empujó contra la pared, me arrancó el vestido de una sola vez y me dejó en tanga, con las tetas rebotando mientras él se bajaba los pantalones. Al ver su verga, casi me corro: gruesa, venosa, oscura, y tan grande que me hizo dudar si cabría en mi boca. Pero no me dejé intimidar. Me arrodillé de inmediato, le agarré la polla con las dos manos y me la metí hasta la garganta, sintiendo cómo sus pelotas golpeaban mi mentón. Moe gruñía, me agarraba del pelo y me mandaba más profundo, cada vez más rápido, hasta que empezó a embestirme la cara como si fuera un coño. El sonido de mi saliva mezclada con sus gemidos llenaba el cuarto, y yo ya estaba al borde, con mi propio coño chorreando. Cuando no pude aguantar más, él me tiró al sofá y me empotró de golpe, entrando hasta donde mi cuerpo lo permitió. Cada embestida me sacudía, me hacía gritar, y cuando metió una mano entre mis piernas, me hizo explotar en un orgasmo que me dejó temblando. Pero él no se detuvo: siguió follándome, más fuerte, más rápido, hasta que sentí que se hinchaba dentro de mí. Con un rugido, me corrió adentro, pero yo no quería perderme ni una gota. Lo hice sacar, me arrodillé otra vez, y me tragué toda su leche caliente, relamiéndome los labios como la puta insaciable que soy.