Rubia jayden black se empotra con su padrastro hasta correrse
La rubia Jayden Black siempre supo que su padrastro no podía resistirse cuando la veía con ese vestido ajustado que le marcaba el culo apretado, pero hoy la cosa iba en serio: él la agarró por la cintura con esas manos grandes y callosas mientras ella se mordía el labio inferior, sudando por el calor que le subía desde el coño hasta las mejillas sonrojadas. Antes de que pudiera protestar, él ya le bajó los pantalones de chándal dejando al descubierto el tanga negro empapado que le pegaba como una segunda piel, y sin pensarlo dos veces le arrancó la tela de un tirón mientras ella soltaba un gemido ahogado que se mezcló con el sonido de su propia saliva chorreando por la gruesa polla que él ya sacudía con la mano, lista para ensartarla sin piedad. Jayden se dejó caer de rodillas sobre la cama, con el culo en pompa y las tetas rebotando al ritmo de sus jadeos, mientras él se colocaba detrás posando esa verga monstruosa contra su entrada temblorosa, lista para reventarle el coño de un solo empujón. Cuando la primera embestida llegó, fue tan brutal que ella gritó como una puta en celo, con los dedos clavados en las sábanas mientras él la empotraba contra el colchón, cada golpe resonando en sus entrañas y haciendo que el líquido caliente le resbalara por los muslos. Él no tenía piedad: agarraba sus caderas con fuerza de hierro, levantándola casi en vilo para hundirse hasta la base cada vez, con el sonido de los cuerpos chocando llenando la habitación mientras ella se corría una y otra vez, temblando como una hoja y gimiendo su nombre entre sollozos. El padrastro no se detuvo ni un segundo, acelerando el ritmo hasta que ella sintió cómo la polla se hinchaba dentro de su coño empalado, anunciando la corrida que le iba a volcar dentro sin condón, grueso chorro tras grueso chorro, llenándola hasta el fondo mientras Jayden se desplomaba sobre su espalda sudorosa, jadeando como una perra en celo y sintiendo cómo el semen le goteaba por las piernas hasta manchar el suelo. Él no se retiró ni siquiera cuando ella le suplicó que parara, sino que siguió moviéndose lento y profundo, exprimiéndole hasta la última gota de leche mientras sus gemidos se convertían en risas nerviosas, exhausta pero con el coño aún palpitando de placer. Al final, cuando ambos quedaron tirados sobre la cama, pegajosos y sin fuerzas, él le lamió los labios con la lengua llena de semen y ella se lo tragó sin protestar, saboreando el amargor salado mientras le acariciaba el pecho sudado con dedos temblorosos.