Madrastra follada por su hijastro en todas las posturas
La mamacita llevaba ese vestido ajustado que le marcaba cada curva de sus tetas gigantes y ese culo prieto que no dejaba indiferente a nadie... En cuanto me vio salir del baño sin camiseta, sus ojos se le salieron de las órbitas y se lamió los labios sin pudor. No pasó ni medio minuto cuando ya me tenía agarrado de la polla por encima del pantalón, jadeando como una perra en celo mientras me susurraba al oído lo mucho que extrañaba chuparme esa verga bien dura. Caímos sobre la cama sin pensarlo dos veces y en segundos ya me tenía el coño empapado listo para recibirme, con las tetas rebotando cada vez que la embestía desde atrás. Pasamos de la postura del misionero, donde me clavaba las uñas en la espalda mientras gemía como una zorra, a la vaquera al revés donde se montaba sobre mí como una diosa del sexo, apretando esos pezones rosados hasta hacerlos erguir más gruesos que mis dedos. La mamacita no paraba de hablar sucio, pidiendo que le metiera hasta el fondo mientras me lamía el cuello y me mordía los labios como si quisiera tragárseme entero. Cada vez que la penetraba con fuerza, su coño chorreante hacía sonidos húmedos que me volvían loco, y ella no podía evitar gritar cada vez que la cabeza de mi polla le llegaba al fondo del útero. Cuando ya no aguantó más, se dio la vuelta y me pidió que la empotrara contra la pared como a una perra en celo, con las tetas aplastadas contra el espejo mientras yo le agarraba el culo para darle cada embestida con toda la rabia contenida. Los dos acabamos sudando, jadeando y cubiertos de leche por todas partes, con ella limpiándome los huevos con la lengua mientras yo le llenaba la boca de semen hasta que no pudo tragar más. La muy puta se quedó ahí, con el coño goteando y una sonrisa de satisfacción, murmurando que quería repetir en cuanto me recuperara...