Lias Candido humilla a este sumiso con su polla enorme
Esa tarde, después de una larga espera, el chico se arrodilló frente a mí temblando, listo para recibir cada orden. Me encantaba verlo así, vulnerable, pidiendo permiso con los ojos bajos mientras mi polla gorda ya brincaba contra mi estómago. Lo obligué a chupar hasta que las lágrimas le rodaron por las mejillas, tragando cada gota de mi pre-cum con gemidos ahogados. Cuando por fin le permití ponerse de cuatro, el culo tenso se abrió para mí como un pétalo mojado, y sin aviso, se la clavé hasta que sus muslos temblaron. Gritó, pero lo callé con un azote seco en el cachete mientras le exigía que agradeciera. Cada embestida era más ruda, más profunda, hasta que el culo apretado vibraba alrededor de mi verga como si quisiera retenerla. Cuando por fin me corrí, llenándolo entero, se quedó quieto, sintiendo mi leche caliente resbalar entre sus nalgas mientras una parte de él rogaba en silencio que nunca lo soltara.