Chico rubio orinando sin vergüenza en el parque
El rubio de shorts ajustados ni siquiera se dio cuenta cuando el tipo de la otra acera se quedó tieso al verlo con la polla fuera, mojando el césped sin pudor. Con la piel blanca como la leche y el rabo duro apuntando al cielo, el chaval se balanceaba relajado mientras el líquido caliente salpicaba entre sus piernas, dejando un charco brillante bajo sus pies descalzos. El mirón no pudo resistirse y se acercó con disimulo, escondido tras unos arbustos, mientras se masturbaba con una mano mientras con la otra se agarraba los pantalones para no delatar el bulto que le crecía en la entrepierna. El rubio, sin dejar de mear, movió el culo palpitante y se giró un segundo para mirar hacia donde estaba el mirón, sonriendo al ver cómo se le ponían los ojos como platos al contemplar su verga gruesa y circuncidada, que no paraba de gotear. Sin pensarlo dos veces, el voyerista se acercó arrastrándose y se arrodilló a sus pies, pegando la boca al chorro caliente que le caía en la cara, lamiendo con avidez cada gota mientras el rubio gemía de placer al sentir la lengua húmeda y juguetona recorriendo su tronco desde la base hasta la punta, que ya le goteaba sin parar. El chico, cada vez más excitado, agarró la cabeza del mirón y le empujó la cara contra su entrepierna, obligándolo a tragarse el sabor salado de su propia meada mientras le agarraba el pelo con fuerza, empujando su verga cada vez más adentro de la boca ávida que no dejaba de chupar. El rubio, con los ojos vidriosos y la respiración entrecortada, se corrió sin avisar, disparando un chorro espeso y caliente que el otro se tragó sin dejar escapar ni una gota, mientras los gemidos del chico se mezclaban con el sonido del agua chocando contra el césped. Cuando el rubio terminó, se sacudió la polla aún dura y le ordenó al mirón que se la chupara bien, esta vez sin agua, solo carne caliente y venas palpitantes que el otro devoró con desesperación, hasta que sintió cómo el chico le agarraba la nuca y le metía hasta la garganta, ahogándose pero sin soltar, mientras el rubio se corría otra vez en su boca, dejándolo con la garganta llena de leche espesa y el sabor amargo de la eyaculación mezclado con el regusto a orina que aún le quedaba en la lengua.