Estudiante cachondo se masturba al salir del cole
El morrito no pudo aguantar ni cinco minutos fuera del aula antes de meterse la mano en el bolsillo del pantalón y empezar a sobarse la verga dura como un fierro mientras bajaba las escaleras del instituto. Con la otra mano se ajustaba los calcetines blancos que le apretaban el tobillo, pero eso solo hacía que la polla le palpitara más fuerte entre las piernas, hinchada de sangre y lista para reventar. Se apoyó en la pared de ladrillo del pasillo lateral, donde nadie lo veía, pero los gemidos ahogados se le escapaban igual entre los dientes apretados. Se sacó el rabo por la bragueta medio bajada y se lo empezó a pajear con movimientos cortos y bruscos, imaginando que eran las manos de algún compañero de clase las que se lo meneaban con ganas. La punta morada ya brillaba con gotitas de líquido preseminal y el chico no pudo evitar soltar un jadeo cuando se la apretó justo donde más le latía, cerca del glande inflamado. Entre su gemido ronco y el sonido húmedo de los dedos deslizándose sobre la carne caliente, el chico se corrió sin aviso, disparando chorros gruesos y lechosos que le mancharon los dedos y hasta salpicaron su propio muslo. Respirando como un animal, se limpió la leche con el borde de la camiseta mientras la verga seguía palpitando, roja y sensible, como si aún pidiera más. El olor a semen fresco le inundó las fosnas nasales y, aunque sabía que no era el momento, no pudo evitar llevarse los dedos a la boca para lamerlos lentamente, saboreando su propia esencia salada y espesa. Todavía con la respiración entrecortada, se subió la cremallera como pudo y se alejó cojeando un poco, con las piernas temblorosas por el subidón de adrenalina.