Tributo explosivo al verga rey de los corridos
La cámara no perdía detalle mientras él se agarraba la polla bien dura y le apuntaba directo a la boca abierta de ella, que ya tenía los labios brillantes y el coño empapado de tanto babear con solo verlo. Cada vez que se acercaba, los gemidos de ella se volvían más fuertes y la saliva le colgaba de la barbilla sin que le importara, solo quería que esa verga gruesa le tapara la garganta de una vez. Él no se hizo rogar, le agarró la cabeza con las dos manos y se la empotró hasta el fondo, sintiendo cómo la garganta de ella se abría para recibirlo sin piedad mientras los ojos se le llenaban de lágrimas pero la polla no le dejaba ni pestañear. Ella tragaba como una posesa, con las mejillas hundidas y la nariz pegada a su vientre, mientras los dedos de él le enredaban el pelo y le movían la cabeza al ritmo de sus embestidas salvajes. Los ruidos de succión y los gemidos ahogados resonaban por toda la habitación, mezclándose con el sonido húmedo de cada tirón cuando él se sacaba casi por completo para volver a clavársela hasta la garganta. Ella ya estaba mojada como nunca, la tanga empapada le resbalaba entre las piernas y los jugos le bajaban por los muslos, pero a él no le importaba, solo quería verla sufrir de placer mientras le ahogaba la boca con cada empujón. Los testículos le golpeaban la barbilla a ella en cada arremetida, y aunque le costaba respirar, no quería que parara, quería llenarse la boca de leche espesa y caliente hasta que no le quedara ni una gota. Él aceleró el ritmo, jadeando como un animal y apretando los dientes mientras sentía cómo la polla se le ponía aún más dura, a punto de reventar. Ella lo miró con los ojos vidriosos y la boca llena, sabiendo que en cualquier momento esa verga gruesa le iba a llenar hasta la garganta de semen caliente, y no pudo evitar gemir con la boca ocupada por su carne palpitante. Cuando finalmente llegó el primer chorro, ella lo recibió con los labios sellados alrededor de la cabeza, tragando cada gota espesa mientras los demás le caían por la barbilla y el pecho, manchando su escote y dejando las tetas pegajosas. Él no se detuvo hasta que la última gota salió disparada de la punta y la leche le resbaló por los muslos hasta el suelo, dejando un charco blanco y brillante que ella no pudo evitar lamer con la lengua, limpiando cada rastro de su delicia. La escena terminó con ella jadeando, la boca roja e hinchada, el coño más mojado que antes y la polla de él aún goteando semen mientras se retiraba lentamente, dejando a la vista los labios hinchados y brillantes de ella por el abuso. No quedó duda de por qué este tipo era el rey de los corridos, porque nadie se corría como él, ni siquiera cuando le tapaba la garganta hasta dejarla sin aire.