Llenando un coñito apretado con mi leche caliente
Ella era pequeña, tierna y con un culito respingón que no podía dejar de mirar cada vez que se agachaba a recoger algo del suelo. Un día, mientras se inclinaba para tomar un libro, noté cómo sus braguitas se ajustaban a su conchita mojada y no pude resistirme a acercarme. Le susurré al oído que quería probar su sabor, y ella, con una sonrisa pícara, me llevó a su habitación. La acosté en la cama y le quité las bragas, dejando al descubierto su coñito rosado y húmedo, listo para ser devorado. Empecé a lamerle el clítoris con avidez, sintiendo cómo su cuerpo temblaba de placer, mientras mis dedos exploraban cada rincón de su vagina estrecha. Ella gemía sin control, arqueando la espalda y pidiendo más, así que me subí encima y le clavé mi verga dura hasta el fondo. Cada embestida la hacía gritar más fuerte, y cuando ya no aguanté más, le solté toda mi leche dentro, llenando su conchita apretada hasta rebosar. Se quedó temblando, con la respiración agitada y el coño lleno de mi semen caliente, mientras yo me desplomaba a su lado, satisfecho y exhausto.