La hijastra latina siempre deja la puerta abierta
Desde que llegó a vivir con ellos la morena no paraba de mover ese culito prieto cada vez que pasaba frente a su cuarto. La primera vez que la vio en leggings ajustados con ese culo redondo y bamboleante supo que no podía seguir fingiendo que no pasaba nada. Esa noche, mientras el resto de la familia dormía, ella dejó la puerta entreabierta como un puto regalo, el perfume a vainilla mezclado con el sudor de su piel mojada por el calor del cuerpo. Él no pudo resistirse y entró sin hacer ruido, la polla dura como piedra al verla tumbada boca abajo sobre la cama, las piernas abiertas dejando ver el coño depilado y brillante entre sus muslos firmes. Sin pensarlo dos veces le arrancó los leggings de un tirón y le escupió en el culo, sintiendo cómo el agujero se contraía con cada gemido que escapaba de su boca pintada de rojo. La empotró sin piedad usando sus tetas grandes como agarraderas, el sonido de los muslos chocando contra su culo resonando en toda la casa mientras ella gritaba pidiendo más. El clítoris hinchado rozaba las sábanas cada vez que él se hundía hasta el fondo, empalándola con su verga gruesa que le estiraba los labios del coño como si no hubiera mañana. Entre susurros obscenos le suplicaba que no parara, que la llenara hasta el fondo, y él obedeció metiéndosela hasta las pelotas, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de la polla al correrse con un chorro caliente que le bañó las entrañas. Cuando terminó, ella quedó temblando sobre la cama, las piernas temblorosas y el coño chorreando leche, mientras él se limpiaba la polla llena de sus jugos en la bata de ella. Al día siguiente, la puerta seguía entreabierta... solo que ahora con el olor a sexo y sudor impregnado en cada rincón.