Sara Jay la cougar se traga cada gota de Jack Cummings
La Sara Jay llevaba meses persiguiendo al grandullón de Jack Cummings con miraditas llenas de lujuria desde su balcón, pero hoy por fin lo tenía en su casa, tumbado en el sofá con esa polla monstruosa palpitando bajo el pantalón ajustado. Sin perder un segundo, se le abalanzó encima como una perra en celo, arrancándole la camisa de un tirón para dejar al descubierto ese torso sudoroso y esos pectorales que la tenían loca. Con un gemido animal, se lanzó a chuparle la punta gruesa mientras sus tetas enormes rebotaban sin control, moviendo los brazos con desesperación para desabrocharle el cinturón y dejar libre esa verga que ya goteaba pre. Jack no pudo aguantar más y la empujó contra la pared, subiéndole el vestido corto para dejar al aire ese culo respingón y empapado que pedía a gritos que la empotraran sin piedad. Ella, enloquecida, se arqueó ofreciéndose por completo mientras él le clavaba los dedos en las caderas y le metía la polla hasta el fondo, arrancándole un chillido agudo que resonó en toda la sala. La cougar, con esa voz ronca y sucia, le suplicó que la dejara correrse en su coño una y otra vez, mientras sus tetas rebotaban contra el pecho de él con cada embestida brutal que le sacudía el cuerpo entero. Jack, lejos de moderarse, la levantó en volandas y la tiró sobre la mesa del comedor, abriéndole las piernas de par en par para hundirse en ese coño chorreante sin piedad, haciendo que los muebles crujieran bajo el peso de sus cuerpos sudados. Los gemidos de Sara Jay se volvieron incontrolables, mezclándose con el sonido húmedo de la carne golpeando carne y el olor a sexo y lubricante barato que inundaba el ambiente. Cuando por fin Jack no pudo aguantar más, le agarró la cabeza con fuerza y se la clavó hasta la garganta, descargando toda su leche caliente en la boca de ella, que no desperdició ni una gota mientras se tragaba cada chorro con una sonrisa perversa. La cougar, exhausta pero satisfecha, se dejó caer sobre la mesa con las piernas temblorosas y el coño aún palpitando, mientras Jack le lamía los pezones duros como piedras antes de darle un último empujón que la hizo gemir una vez más antes de que ambos cayeran al suelo, jadeando y pegajosos de sudor y sexo.