Rubia de tetas gigantes se empala con un amigo
La rubia de curvas explosivas llegó a la fiesta de la universidad con un vestido que dejaba poco a la imaginación, sus tetorrones apretados amenazando con reventar la tela cada vez que se movía. Entre risas y tragos, su amiga le susurró al oído que ese macho de brazos tatuados, parado junto a la mesa de los chupitos, tenía una verga que le partía hasta el alma. Sin pensarlo dos veces, la rubia se acercó, le agarró el cinturón y lo arrastró al baño del garaje, donde el aire olía a cerveza derramada y a sudor caliente. Él no necesitó más invitación: la levantó del suelo como si no pesara nada, le arrancó las bragas de un tirón y la empotró contra la pared con un gemido gutural que le erizó la piel a ella. La polla gruesa le abrió el coño de par en par, haciéndola chillar mientras sus tetas gigantes botaban con cada embestida salvaje, los pezones duros como piedras rozando el espejo empañado. Ella, loca de placer, le clavó las uñas en la espalda mientras él la llenaba hasta el fondo, sintiendo cómo su flujo resbaladizo se le escapaba entre los muslos mojados. En el suelo, sus zapatos de tacón se perdieron entre botellas rotas mientras él la giraba como un trapo, poniéndola en cuatro patas sobre el lavabo para hundirse en su culo prieto con un sonido húmedo que resonó en todo el baño. La rubia no aguantó más: con un grito ronco, se corrió en chorros espesos que salpicaron el inodoro, mientras él le apretaba las tetas con fuerza y le soltaba la leche caliente en la boca entre jadeos entrecortados. Cuando por fin se desplomaron sobre el suelo frío, sus cuerpos entrelazados sudorosos, el olor a sexo y a fluidos inundó el lugar como una prueba irrefutable de lo que acababa de pasar entre esos amigos que ya no eran los mismos.