Latina ardiente folla con culturista hasta llenarla
La morena de curvas explosivas llevaba puesto un short ajustado que le marcaba el culo prieto y redondo cuando él llegó con esa masa de músculos brillando bajo el sol del casting. Ella se relamió los labios al verlo, ese británico que levanta pesas como si fueran plumas, con la polla ya dura amenazando con reventar el vaquero ajustado. Él no perdió tiempo, la agarró por la cintura con esas manos enormes que parecían abarcar medio metro de culo y la atrajo contra su cuerpo, sintiendo cómo sus tetas grandes y firmes se aplastaban contra su pecho musculoso. Ella soltó un gemido ronco al notar su verga palpitante frotándose contra el coño empapado bajo la fina tela de la tanga, que ya estaba más mojada que una piscina. Él le arrancó el short de un tirón, dejando al descubierto un coño depilado y brillante, listo para ser empotrado sin piedad mientras ella se agarraba al borde de la mesa de grabación. Las primeras embestidas fueron lentas pero brutales, cada golpe de cadera haciendo que sus nalgas vibren como gelatina, mientras él le susurraba al oído lo puta que estaba por aceptar que una polla tan gruesa como la suya le partiera el coño en dos. Ella empezó a chuparle los pezones duros como piedras, mordisqueándolos mientras él le metía los dedos en la boca para que los lamiera antes de clavárselos en el culo, preparándola para lo que venía. Cuando por fin le enterró toda la verga hasta las pelotas en el coño más apretado que había sentido nunca, ella soltó un alarido que casi hace saltar los micrófonos, sintiendo cómo cada centímetro de esa carne dura le rozaba el punto G una y otra vez. Él la empotraba contra la pared con tanta fuerza que los cuadros del estudio temblaban, el sonido de carne contra carne mezclándose con los gritos de ella pidiendo más, más profundo, más duro, hasta que de repente todo su cuerpo se tensó y un chorro espeso y caliente le llenó el útero con cada embestida, derramando su leche hasta hacerla rebosar por los muslos. Ella se corrió al mismo tiempo, con las piernas temblorosas y el coño tan contraído que le arrancó un gemido de dolor placentero a él, sintiendo cómo su corrida le quemaba por dentro mientras le mordía el hombro para no gritar como una loca.