La hermanastra zorra siempre me regala mamadas calientes
Penélope llegó con ese vestido ajustado que le marcaba cada curva mientras me dejaba caer los regalos encima de la mesa como si fuera su forma de decirme que necesitaba atención. No tardé en notar cómo sus tetas rebotaban al agacharse, con esos pezones duros asomándose por el escote, y supe que esa noche no iba a conformarme con un simple agradecimiento. Le agarré el pelo con fuerza y le metí la polla hasta la garganta, sintiendo cómo se ahogaba pero no se apartaba, con esos ojos azules brillando de lujuria mientras me chupaba como si le fuera la vida en ello. Luego la tiré sobre la cama y le arranqué el tanga, dejando al descubierto un coño rosadito y empapado que ya goteaba por las ganas que tenía de que la empotrara. Me montó a horcajadas, restregando su culo sobre mi verga hasta que no aguanté más y la volteé de un empujón para dejarla boca abajo, con las nalgas bien abiertas para que le clavara hasta el fondo. Cada embestida hacía que su carne temblaran, los muslos le temblaban y sus gemidos llenaban la habitación, mezclándose con el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando sin piedad. Cuando por fin se corrió, su coño se contrajo como un puño alrededor de mi polla, apretando hasta que la leche caliente le brotó dentro mientras ella gritaba mi nombre con la voz rota de tanto placer. La dejé temblando sobre las sábanas, con las piernas entreabiertas y un reguero de jugos resbalándole por los muslos, mientras yo me limpiaba la verga con su melena rubia aún enredada entre mis dedos.