La gorda más rica con el culo que más me vuelve loco
Llevo semanas obsesionado con ese culazo redondo que se le marca en los leggings cuando pasa por delante de mi ventana, esas nalgas que parecen dos sandías bien maduras apretujadas en la tela. Hoy por fin se decidió a entrar en mi casa con la excusa de pedirme sal, pero lo que realmente quería era que le metiera los dedos hasta el fondo mientras me mordía el labio inferior, gimiendo como una perra en celo. Le arranqué el pantalón de un tirón y ahí estaba ese coño empapado, brillante como un caramelo de fresa, mientras sus tetas gordas y naturales rebotaban al ritmo de mis embestidas. No pude resistirme y me lancé contra ese culo firme, empalándola contra la pared del pasillo con cada envite, sintiendo cómo su carne vibraba bajo mis manos mientras sus gemidos se convertían en alaridos. Cada vez que la embestía hasta el fondo, su culo palpitaba como un corazón desbocado y sus jugos resbalaban por mis muslos, dejándome las pelotas pegajosas y llenas de su sabor dulce. Le ordené que se doblara sobre el sofá, agarrándole las nalgas con ambas manos para abrirle bien ese agujero prieto mientras le metía la lengua hasta que gritó pidiendo más. Cuando por fin le solté toda la leche dentro, ella se corrió al mismo tiempo, temblando como gelatina mientras su coño se contraía alrededor de mi verga, escupiendo chorros de leche espesa que mancharon el sofá y el suelo. No contento con eso, le metí los dedos otra vez para sacarle los últimos temblores del orgasmo mientras le susurraba al oído lo rica que estaba, lo bien que me sabía ese coño gordo y jugoso que parecía hecho a medida para mi polla.