Entrenador musculoso me azota fuerte en el vestuario
El entrenador me miró con esos ojos de depredador mientras me arrinconaba contra el banco de pesas, su torso sudado brillando bajo la luz tenue del vestuario. Le vi los abdominales marcados y la polla gruesa que ya le asomaba por el short ajustado, dura como un poste, y supe que no habría escapatoria. Sin mediar palabra, me empujó contra la pared y me bajó el pantalón hasta los tobillos con un tirón seco, dejando mi culo al aire y mis nalgas palpitando de anticipación. Me azotó con la mano abierta, el golpe resonó seco y mi piel ardió al instante, pero el dolor se mezcló con un placer sucio que me hizo gemir como una puta en celo. Él no perdió tiempo: con un gruñido gutural, me agarró del pelo y me obligó a arrodillarme frente a su verga perforada, gruesa y brillante por el piercing que le atravesaba la cabeza morada. Me metió la punta entre los labios antes de que pudiera reaccionar, y el sabor metálico del lubricante mezclado con sudor me inundó la boca mientras luchaba por no atragantarme. Sus embestidas no perdonaban: cada vez que me empujaba hasta el fondo, mi garganta se cerraba alrededor de su grosor y mis ojos se llenaban de lágrimas, pero él solo reía y me recordaba lo puta que era por tragarle entero. Le chupé las bolas pesadas, llenas de venas gruesas, mientras una mano me agarraba el culo con fuerza y la otra me azotaba el muslo, marcándome la piel con sus uñas. Cuando por fin me soltó la polla y me dio la vuelta, me empotró contra el banco con un empujón brutal, mi culo se abrió al instante y su verga entró hasta el fondo sin piedad, rompiéndome el coño de golpe. Los gemidos se me escapaban en jadeos entrecortados mientras él me clavaba sin contemplaciones, sus pelotas golpeando mi clítoris hinchado con cada embestida, hasta que el sudor nos resbalaba por los cuerpos pegajosos y el banco crujía bajo nuestros cuerpos. Sentí cómo su leche caliente me llenaba el culo por dentro, espesa y abundante, mientras me mordía el hombro para ahogar mis gritos de placer. Me dejó allí, temblando, con la espalda marcada por sus uñas, el culo lleno de su corrida y la boca aún llena de su sabor salado, preguntándome si alguna vez dejaría de ser su putita favorita en el vestuario.