Atleta musculoso ofrece mamada y follada salvaje
El tipo del gimnasio no podía quitarle los ojos de encima al moreno recién salido de la ducha, con esa tableta marcada y el bulto palpitante en la toalla. Desde que lo vio por primera vez sudando en la máquina de pesas, supo que quería probar ese cuerpo sudado, esa piel aceitada que brillaba bajo las luces del local. Así que lo siguió hasta el vestuario vacío, donde el sabor de la sal en su boca se mezcló con el olor a champú barato y a testosterona derramada. El moreno, con una sonrisa pícara, dejó caer la toalla mostrando su verga gruesa y circuncidada, lista para ser chupada con ganas mientras sus dedos se enredaban en el pelo corto del atleta. La primera lamida fue lenta, disfrutando cada vena gruesa que latía bajo la lengua, saboreando el pre-semen que ya asomaba como un adelanto de lo que vendría. El moreno gimió fuerte al sentir esa boca caliente tragándose su tronco sin piedad, con las mejillas hundiéndose cada vez que el atleta se la clavaba hasta la garganta, sin dejar escapar ni una gota de saliva. Entre gemidos roncos, el moreno lo empujó contra la pared de azulejos fríos, le bajó los pantalones del chándal y empezó a sobarle el culo prieto con ambas manos, separando las nalgas para dejar al descubierto ese agujero rosado y bien apretado. La verga del atleta, dura como piedra y con las venas marcadas, se frotó contra el muslo del moreno antes de que este lo girara bruscamente y lo apoyara contra el banco de pesas, levantándole una pierna para abrirle el culo como si fuera una fruta madura. La primera embestida fue brutal, metiendo toda la polla de una sola vez mientras el moreno aullaba de placer, sintiendo cómo el tronco lo abría por dentro hasta dejarlo sin aliento. El atleta no se detuvo ni un segundo, empotrándolo contra el banco con cada empujón, haciendo que su culo rebotara al ritmo de los golpes secos de cadera, mientras la verga entraba y salía dejando un rastro de baba y sudor mezclados. El moreno, con la cara contra el banco y los dedos clavados en la madera, no podía parar de gemir, pidiendo más embestidas profundas mientras el atleta le escupía en el agujero para lubricarlo mejor, sintiendo cómo el calor de su aliento lo excitaba aún más. Cuando el moreno sintió que el orgasmo le subía por la espalda como un rayo, gritó que se iba a correr, pero el atleta lo agarró por las caderas y lo obligó a aguantar, metiéndosela hasta el fondo mientras su leche espesa le llenaba el culo de un tirón, caliente y pegajosa, escurriéndose por sus muslos cuando al fin lo soltó. La escena terminó con el moreno jadeando en el suelo, con el culo lleno de semen que goteaba lentamente, mientras el atleta se limpiaba los restos de baba de la verga circuncidada con el dorso de la mano, listo para repetir si el moreno no estuviera tan agotado.